sábado, 2 de agosto de 2014

El circo del Partido Verde



El circo del Partido Verde

Edgar Javier González Gaudiano[1]

La iniciativa promovida por el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), acerca de la ley de circos sin animales, que ya ha sido aprobada en varias entidades del país, ha generado un interesante debate en los medios. Si bien la vida circense es toda una tradición cultural de más de doscientos años en nuestro país que la decisión pondría en cierto riesgo, el Cirque du Soleil que es uno de los más acreditados espectáculos escénicos de este tipo, tiene como una de sus reglas no emplear animales.
La iniciativa ha concitado interés público porque se sabe que en general los animales de circo tienen una vida miserable llena de sufrimiento, debido a los métodos de entrenamiento y control a base de recompensas y castigos (estímulo-respuesta), al encierro prolongado e impropio y al stress que provocan los traslados y la exhibición continua. Y no hablemos de los casos difundidos de mutilación de garras y colmillos. Hasta una de las expresiones populares lo indica: Le dieron una chinga de perro bailarín.
No obstante, en lo que no existe duda alguna es en el oportunismo del PVEM. Promover esta ley en el marco del proceso de reforma energética parece ser un distractor más. Ciertamente, ese ha sido uno de los comportamientos del Verde desde su fundación a mediados de los años ochenta: Impulsar medidas efectistas de gran cobertura mediática, para ocultar el extravío de su ideario fundacional y la cortedad de sus propuestas electorales.
Lo anterior se repitió con su insólita campaña en favor de la pena de muerte a secuestradores (2008), por la que fue expulsado en 2009 del Partido Verde Europeo que congrega a más de tres decenas de partidos políticos y de la organización mundial de partidos ecologistas, la Global Verde, de la que fue miembro fundador gracias a un gran despliegue de recursos. Desde los años noventa ha impulsado una fracasada campaña en contra de las corridas de toros, pero no ha promovido nada en contra de las peleas de gallos, los hipódromos, galgódromos, acuarios y delfinarios, etc. que en todo caso, tendrían problemas semejantes a los que denuncian en cuanto a los circos.
Si los miembros del Verde tuviesen una genuina preocupación por la calidad de vida de los animales, ya estarían financiando estudios y promoviendo políticas públicas relacionadas con el tráfico de especies silvestres; con la destrucción del hábitat por el cambio de uso de suelo y la desforestación; con la sobrepesca, las técnicas de arrastre y el destino de la fauna de acompañamiento; con los métodos de sacrificio de animales para consumo humano; con  el control sanitario de la fauna urbana, especialmente de perros y gatos callejeros; con ciertas formas de actividad cinegética; con las condiciones productivas de alimentos de origen animal que implican, por ejemplo, a gallinas ponedoras y vacas lecheras; con la introducción de especies exóticas como mascota u ornato; con el control de especies invasoras; con la experimentación con animales por parte de las industrias farmacéutica y cosmética; con la erradicación de mitos y falsas creencias asociadas a algunas especies a las que se atribuyen propiedades para incrementar la potencia sexual, como los huevos de tortugas marinas o se les acusa de embarazos indeseados, como a las salamanquesas, factores que contribuyen a su amenaza y extinción; con la regulación de los deportes todoterreno (off-road, downhill) que circulan en zonas no aptas para vehículos con fuertes  impactos en el ambiente natural al espantar, destruir nidos, compactar el suelo, etc. Nada de esto ha ocurrido.
Numerosos analistas y expertos ambientalistas coinciden que el PVEM  constituye una franquicia familiar que se amolda camaleónicamente a los intereses de sus aliados políticos, lo que le permite conservar su registro y sobre todo sus cuantiosas prerrogativas. Por ello sin pudor alguno ha apoyado al PRI en la actual discusión de la reforma energética en temas como el de la explotación del aceite y el gas en lutitas mediante la tecnología de fractura hidráulica (fracking), a pesar de la información científica disponible y las múltiples advertencias y denuncias existentes sobre sus severos impactos ambientales.
Gracias a los recursos públicos que recibe y para lograr una mayor penetración en la opinión pública, el PVEM acude a los servicios de conocidos actores de Televisa y TV Azteca; en el caso de los circos, a Sergio Mayer, que ni tiene ni ha tenido una preocupación ambientalista. Ocurrió también con Maité Perroni y Raúl Araiza durante la pasada elección, donde lo ambientalista curiosamente ya se les olvidó hasta que aparezca el nuevo contrato. Muy lejos están estos personajes de la actitud responsable de otras celebridades internacionales como Leonardo di Caprio, Sir Paul David Hewson (Bono de U2), Gisele Bündchen, Cindy Crawford, Brad Pitt, Julia Roberts y, en nuestro país, Emmanuel y el grupo Maná, por mencionar sólo algunos con sus diferencias, que sí han demostrado su compromiso, invierten, crean fundaciones y abogan continuamente por estas causas.
En fin, la actual campaña del Verde sobre los circos me parece que es sólo eso: un circo de frivolidades. Un episodio más de una trayectoria consistente de casi treinta años por parte de una organización formada por advenedizos emparentados y sus amigos, que han prostituido la preocupación ciudadana por el deterioro del medio ambiente para medrar con el presupuesto público y corromper aún más la vida política del país con su oportunismo electorero disfrazado de causas verdes. Se trata de una organización que fomenta el crecimiento de una fauna política endémica, altamente nociva, depredadora e invasiva que los ciudadanos debemos proponernos erradicar, mientras más pronto mejor.


[1] Coordinador de la Cátedra UNESCO - UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx/ Publicado en La Jornada Veracruz, el sábado 2 de agosto de 2014. http://www.jornadaveracruz.com.mx/Nota.aspx?ID=140802_001032_123

martes, 27 de mayo de 2014

Los ministros del ambiente se reúnen ¿Y luego?



Los ministros del ambiente se reúnen ¿y luego?[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Más de dos meses han transcurrido desde que en Los Cabos, Baja California Sur, se realizó el XIX Foro de Ministros de Ministros de Medio Ambiente de América y el Caribe del 11 al 14 de marzo del año en curso. La anfitriona fue la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). Varios acuerdos se tomaron en temas como gobernanza, cooperación en cambio climático, contaminación atmosférica, consumo y producción sustentable, substancias químicas y residuos, entre otros.

En esta ocasión quiero referirme a un compromiso asumido dentro del paquete de acuerdos en materia de educación ambiental, mismo que ni siquiera ha sido difundido entre las redes y grupos sociales y académicos involucrados en esta importante tarea.

El compromiso en cuestión señala, palabras más palabras menos, que el PNUMA coordinará, a través de la Red de Formación Ambiental y en conjunto con los ministerios del ambiente, la elaboración de un plan de trabajo para el período 2014-2016, en el que se deberá identificar responsables, acciones, cronograma de trabajo, indicadores y recursos financieros necesarios. El plan deberá estar finalizado a más tardar en 6 meses.

El plan habrá de atender diferentes áreas de acción en asuntos de educación virtual, apoyo a congresos, etc.; sin embargo hay un tema puntual que involucra a las universidades e instituciones de educación superior. Se habla de promover la participación de las instituciones de la región en iniciativas como la Alianza Mundial de Universidades sobre Ambiente y Sostenibilidad del PNUMA (GUPES por sus siglas en inglés), o con la Alianza de Redes Iberoamericanas de Universidades por la Sustentabilidad y el Ambiente (ARIUSA). Y, en particular, y este es el tema que nos ocupa, “desarrollar un diagnóstico por país sobre la inclusión de consideraciones ambientales en las universidades (en cuatro ámbitos que abarcan el currículum, la gestión institucional, la extensión y la investigación), con base, tanto en indicadores comunes, como diferenciados por país.

Es de suponerse que el Centro de Educación y Capacitación para el Desarrollo Sustentable (Cecadesu) de la Semarnat será la instancia encargada de operar este diagnóstico. Pero es aquí donde surgen nuestras dudas sobre si el país, a través de la Semarnat, es capaz de honrar los compromisos asumidos. Porque el Cecadesu es una dependencia que se encuentra en un coma profundo; inducido por la falta de interés real de parte de las autoridades de la Secretaría, empezando por el funcionario que cobra como su coordinador. En lo que va del sexenio el Cecadesu no sólo ha perdido todo estado de conciencia, sino que no muestra signos de actividad metabólica alguna.

El diagnóstico es fundamental porque hay una gran oscuridad sobre lo que en  materia de educación ambiental para la sustentabilidad está ocurriendo en las universidades de la región, sobre todo de cara a la consolidación del proyecto neoliberal y su modelo empresarial que ha precarizado la calidad educativa (Chomsky dixit), al reducir la educación a una mercancía, atacando ferozmente por ello a la universidad pública y profundizando la desigualdad social en vez de contribuir a anularla, entre otras de sus nefastas consecuencias. El único diagnóstico regional realizado en esta materia ha sido el de 1984 promovido por la UNESCO y el PNUMA, que se presentó durante el Primer Seminario sobre Universidad y Medio Ambiente en América Latina y el Caribe, celebrado en Bogotá, Colombia, en octubre de 1985. Hace precisamente 30 años.

Evidentemente, a la Secretaría le queda todavía el socorrido recurso de contratar a algún consultor que le haga el trabajo, bajo un contrato millonario. Ello para poder dar un informe sobre lo que está ocurriendo en las instituciones de educación superior en el país en cuanto al fortalecimiento de la dimensión ambiental y de la sustentabilidad en sus funciones sustantivas, en las que (no sé si por fortuna) la Semarnat no ha tenido nada que ver desde hace mucho tiempo.    


[1] Publicado en La Jornada Veracruz el 25 de mayo de 2014.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 10 de marzo de 2014

Para comprender el cambio climático



Para comprender el cambio climático[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Cada vez que ocurre un invierno excepcionalmente frío como el que está por terminar, resurgen los desgastados argumentos que niegan o ponen en duda la existencia del calentamiento global. Ciertamente, el invierno de 2014 fue muy atípico y se inició en enero con el llamado vórtice polar en Estados Unidos, Canadá, ciertas áreas en Europa e incluso el noreste de México. Solamente en Estados Unidos afectó a más de 187 millones de personas, rompiendo récords de baja temperatura y provocando la suspensión de numerosas actividades económicas y sociales, como cancelaciones masivas de vuelos. Todo ello con una pérdida económica estimada en 5,000 millones de dólares. A mediados de febrero se presentó un nuevo temporal que causó la interrupción del servicio eléctrico en amplias zonas del noreste de Estados Unidos. 
Aquí en México sin llegar por fortuna a esos extremos, la presencia continua de frentes fríos y la marcada inestabilidad en el tiempo de un día para otro han también propiciado algunos comentarios. Varios de ellos orientados no a negar sino a atribuir todo lo que ocurre al cambio climático. Como ya he explicado en otra entrega (15/04/2013), siendo el cambio climático un fenómeno contra-intuitivo que no percibimos directamente con nuestros sentidos, sino de la información que recibimos, resulta difícil comprenderlo. Este es uno de los grandes desafíos de los programas educativos relacionados con el cambio climático: aportar elementos científicos para fortalecer la credibilidad del cambio que estamos viviendo en el sistema climático del planeta, mediante un lenguaje asequible para la población común sin sobre-simplificar su complejidad, particularmente aquélla relacionada con las responsabilidades políticas comunes pero diferenciadas, y que al dejar en claro que su origen es debido a las actividades humanas propicie disposiciones a actuar en consecuencia.
En este proceso, resulta complicado explicar que si bien el cambio climático es una realidad que ya se encuentra entre nosotros, no podemos decir que todos los fenómenos hidrometeorológicos que ocurren sean ocasionados por éste, porque quizá sean debidos a variaciones naturales del clima. Lo que sí se ha determinado es que la variabilidad climática es más frecuente y los fenómenos más intensos. De otro modo no se explica por qué los diez años más calientes desde 1880 se encuentran entre 2000 y 2013, y a pesar de eso se haya tenido el invierno que comentamos arriba.
Tal vez una analogía nos permita comprender mejor esto a los mexicanos. Si bien no podemos decir que todos los aumentos de precios se deban a los incrementos mensuales del costo de la gasolina (gasolinazos), sí podemos estar seguros de que es algo que contribuye sustantivamente a que ello se dé.  Es algo similar con el cambio climático.
El cambio climático es algo que está ocurriendo en este momento en nuestras vidas, y aunque no podamos percibirlo mediante nuestros sentidos está afectando ya nuestras condiciones actuales y afectará las del futuro. La ciencia del clima encara muchas incertidumbres. ¿Cómo comunicar esas incertidumbres sin generar dudas sobre la existencia del fenómeno que influyan en postergar cambios en las vidas de las personas? El problema es que la mayor parte de la información que recibimos sobre el cambio climático es a través de periodistas que tienen bases científicas muy pobres; pero a ello se añade el hecho de que los científicos del clima se resisten a encarar a los medios porque carecen de habilidades comunicativas para transmitir información de calidad a personas que están fuera de los congresos y las revistas especializadas de su campo.
Incluso las entrevistas a los científicos pueden constituir una fuente adicional de confusión. Suelen soslayar, por ejemplo, los temas que ya cuentan con el pleno consenso entre ellos, enfatizando por el contrario las incertidumbres de los problemas de la investigación en curso.  Sin embargo, esa irreflexiva sinceridad y honestidad intelectual puede provocar que la gente no científica se forme una idea desproporcionada de la incertidumbre científica y los aspectos más controversiales, restándole valor y credibilidad a los avances y acuerdos. En noviembre de 2008, una entrevista que concedió Mario Molina a un medio español, fue cabeceada como “El clima cambia pero no sabemos hacia donde”, lo cual fue aprovechado por los negacionistas para sus aviesos propósitos.
Estoy convencido de que es más fácil que los científicos adquieran dichas habilidades persuasivas y puedan desarrollar estrategias comunicativas para transmitir la verdadera naturaleza de estos procesos. Esto va a requerir una mayor colaboración entre los científicos del clima y los científicos sociales; primero, para valorar lo que la gente ya sabe, lo que desconoce y lo que ha distorsionado del fenómeno que está determinando sus modelos mentales; segundo, para definir si se necesita proporcionar mayor evidencia científica y de qué tipo para que la gente acepte impulsar cambios en sus vidas; tercero, para determinar cómo inducir perspectivas que orienten a la gente a afinar su conocimiento de sentido común y percepción del riesgo sobre lo que el cambio climático puede ocasionar en su vida, que será lo que finalmente la motivará a actuar y; cuarto, para realizar pruebas empíricas sobre si las conjeturas aplicadas para formular los nuevos mensajes están cumpliendo su cometido en los diversos sectores y grupos sociales, toda vez que las personas tienen diferentes intereses y necesidades de escuchar y ser escuchadas.  
Ello es vital y lo será más aún en el futuro próximo, pues dependiendo de los resultados de la comunicación del cambio climático, la incertidumbre científica sobre el mismo agregará más escepticismo sobre el fenómeno y por ende retrasará la adopción de medidas y restricciones; abonará las creencias fatalistas de que ya no hay nada que hacer porque la gente considera que el reto es demasiado grande para que tenga efectos la acción individual o porque simplemente no modificará sus estilos de vida renunciando a sus zonas de confort; o bien pondrán de relieve el hecho de que las personas con sus decisiones y comportamientos, pueden tener en última instancia la capacidad de contribuir a ejercer presión para que se fortalezcan las políticas de respuesta al cambio climático, a coadyuvar con sus patrones de consumo para evitar un cambio climático desastroso y a adoptar medidas de adaptación y resiliencia social que reduzcan la vulnerabilidad de sus propias vidas.


[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 10 de marzo de 2014.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 10 de febrero de 2014

El país de nunca jamás

El país de nunca jamás[1]

Édgar J. González Gaudiano[2]

¿Cuántos años pasaron para que en México se comenzara a hablar de hambre, aunque ya se tenían todas las evidencias del problema? ¿Cuántas veces se ha negado que seamos un Estado fallido, pese a que no se tiene control en grandes porciones territoriales? ¿Cuántas veces se nos ha dicho que la economía está blindada, que la tortilla no subirá y que se perseguirá a los responsables de corrupción, de negligencia y de omisión con todo el peso de la ley y hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga?
La élite política trata a la población como niños por decir lo menos. Como niños que no crecen, como en la película de Disney, porque nos aplican los mismos estribillos, el mismo desgastado discurso del “todo está bien”;  que no hay problema con la influenza, aunque se reportan más de tres mil casos comprobados y casi 350 muertos en lo que va de 2014; que las finanzas del estado de Veracruz están en orden, a pesar de las cotidianas muestras de protesta social porque no se pagan las becas, o las obras, o las pensiones y se mantiene la vetusta red de complicidades, de opacidades y de silencios.
La metáfora del país de nunca jamás nos sirve para develar un problema objetivo a nivel nacional: La existencia de una ciudadanía inmadura que no crece porque todo ha sido puesto en sintonía para impedirle crecer. Es un Síndrome de Peter Pan impuesto. 
Con el país que nos presentan los políticos sublimando sus frustraciones por su incapacidad manifiesta, pretenden persuadirnos de que la ficción es realidad, cuando lo que ocurre es que no saben cómo gobernar un país tan complejo como el nuestro en el que se ha dejado que en ese río revuelto cada quien haga lo que quiera o lo que pueda. Esa es la realidad que nos tiene postrados. En el país de nunca jamás los que tienen hacen lo que quieren y los que no tienen hacen lo que pueden.



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 10 de febrero de 2014, p. 11.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 27 de enero de 2014

Ética mínima y educación ambiental

Ética mínima y educación ambiental[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Dice Adela Cortina, en su “Ética mínima” que nuestro tiempo es una época light, de alcances modestos. Se pregunta ¿Quién ambiciona ya descubrir la verdad, alcanzar el bien, practicar la justicia? ¿Quién pretende poseer el secreto de la felicidad? En este momento son las pequeñas verdades, los satisfactores básicos, los fragmentos de justicia, los retazos de felicidad los que nos ayudan, si no a «vivir bien», en el hondo sentido de los clásicos, al menos a «pasarlo bien»: a pasarlo lo mejor posible.
Y, sin embargo, reconoce Cortina, las preguntas por la rectitud y la justicia, por la legitimidad del poder y la esperanza de salvación continúan demandando respuestas a una cultura que precisa contestarlas para recobrar su sentido. 
Esas son las cuestiones que aborda en su libro internándose en eso que denomina filosofía práctica, no para alcanzar los proyectos de un sujeto trascendente, como se lo imaginó la modernidad, sino para no renunciar a transmitir aquello sin lo cual es imposible la convivencia democrática.
De ahí la importancia de definir los mínimos morales que una sociedad democrática ha de transmitir; aquellos principios, valores, actitudes y hábitos a los que no podemos renunciar, pues al hacerlo estaríamos renunciando a nuestra propia humanidad. Esos mínimos quizá no respondan a todas las aspiraciones que constituiría una moral de máximos, pero es lo que nos permite pensar que pueden ser asumidos por todos.
Rescato estas valiosas ideas para trasladarlas al campo de la educación ambiental, el cual desde hace tiempo que ha estado instalado en una pretensión minimalista que ni así se cumple. La aspiración de formar un ciudadano respetuoso con el entorno que al menos sea capaz de reducir sus consumos (energía, agua, bienes, etc.), separar sus desechos y preservar la calidad del ambiente y la integridad de los ecosistemas naturales, es una pedagogía de propósitos mínimos.
Cuando alguien de nosotros se considera a sí mismo que es un ciudadano ambientalmente responsable sólo por cumplir con los comportamientos señalados arriba, está dentro de una ética mínima. Pero un conformismo tal puede obscurecer las causas que permanecen enquistadas en las profundas raíces de nuestro confortable estilo de vida e impedir desafiar el estatus quo para buscar una ciudadanía radical. Por eso la ética mínima debe verse como punto de partida no de llegada.     
Con una educación ambiental de mínimos no estamos orientando nuestras pretensiones a intentar intervenir sobre las causas que ocasionan la ingente degradación ambiental y sus persistentes efectos en el largo plazo, en un proceso de degradación social progresiva de crecientes sectores de la población; que destruyen las culturas locales; que están globalizando la injusticia, la desigualdad, la violencia sistémica y la violación de los derechos humanos, subordinando la política y las decisiones ciudadanas a los intereses de los grupos corporativos y su séquito de cómplices locales. Y sin embargo como dice Cortina, para poder “estar bien” al menos con nosotros mismos, no podemos renunciar a luchar contra eso.
Por eso es que celebro las actuales movilizaciones de la población de Jalcomulco y otras comunidades aledañas en el estado de Veracruz, en relación con las presas que se pretenden construir sobre el río Pescados, para generar “beneficios” económicos que no sólo no repercutirán en  la gente local, sino que destruirán su sistema de vida, sus tradiciones, usos y costumbres, sus fuentes de ingreso. A ellos no podemos simplemente recomendar una pedagogía de mínimos como punto de llegada, cuando están por cancelarles su futuro y el de sus hijos. Esa puede parecer una lucha pequeña, mínima, frente a los grandes retos del momento, pero significa todo para ellos.



[1] Publicado en La Jornada  Veracruz, el lunes 27 de enero de 2013. p. 6.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 20 de enero de 2014

Veracruz ante la vulnerabilidad y el riesgo

Veracruz ante la vulnerabilidad y el riesgo[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Hace unos cuantos días, en estas mismas páginas se publicó una extensa nota sobre la falta de aplicación de los recursos financieros recibidos en el estado de parte del gobierno federal a través del Fondo de Desastres Naturales, desde 2011 a la fecha.
Llama la atención la escasa resonancia en los medios y respuesta oficial que recibió dicha nota, habida cuenta que se denuncia el subejercicio o desvío de más de nueve mil millones de pesos, en un estado clasificado como de alta marginación, ocupando el nada honroso cuarto lugar nacional (Conapo, 2010). El silencio resultante no hace más que confirmar que la información tiene mar de fondo.
El estado de Veracruz cuenta con 720 kilómetros de litorales en el Golfo de México y es susceptible de sufrir recurrentemente el impacto de fenómenos hidrometeorológicos. En los años recientes, el huracán Karl y las tormentas tropicales Matthew (2010), Arlene (2011), Ernesto (2012) y Barry (2013) y el huracán Ingrid (2013) afectaron a decenas de municipios y en cada caso las declaratorias de emergencia y de desastre generaron que el Fonden respondiera con recursos para atender “de manera inmediata y oportuna, proporcionando suministros de auxilio y asistencia a la población”, así como para “la normalización de los servicios públicos o reconstruir los daños sufridos en las viviendas de la población de bajos ingresos como a la infraestructura pública federal, estatal y/o municipal” (Segob, 2014).
Ese apoyo financiero es un derecho de la población, no una generosa concesión de la autoridad. La población damnificada, por tanto, no ha de ser vista como receptores pasivos de la beneficencia pública, o sea como víctimas que se convierten en objeto de compasión como los medios de comunicación se encargan de difundir en cada caso.
Si bien la ayuda humanitaria es necesaria y los mexicanos son ejemplarmente solidarios con la desgracia ajena, los damnificados son sujetos de derechos sociales y políticos que deben ser reclamados.
Una entidad como Veracruz con un gran rezago en su desarrollo y con una ubicación susceptible a padecer el embate de fenómenos climáticos, es un estado vulnerable. Esa vulnerabilidad se acrecienta si la escasa infraestructura generada por las políticas de desarrollo y las precarias condiciones de vivienda y medios de subsistencia de la población más pobre, se ve afectada periódicamente por desastres que no reciben la respuesta apropiada de las autoridades, antes, durante y después de los fenómenos.
Cada desastre hace retroceder el incipiente desarrollo del estado, porque la capacidad de la población de recuperarse al impacto sufrido (resiliencia social) es muy baja. Si a eso le añadimos que los recursos que se destinan para la asistencia y para mitigar los daños no se aplican a eso, por las razones que sean, entonces estamos frente a una grave irresponsabilidad política de todos los órganos del Estado.
Aunque Veracruz ha comenzado a avanzar en sus políticas al dejar de administrar desastres para darle cabida a la gestión del riesgo, como se vio el año pasado durante el huracán Ingrid, es preciso considerar que los derechos de las personas son permanente negados mientras persistan la vulnerabilidad asociada a la pobreza y, por ende, las condiciones de riesgo existentes, y peor aún cuando lo poco que hay para paliar el sufrimiento se destine a otra cosa, con la complicidad de muchos.
Por eso insistimos en que los desastres no tienen nada de naturales.






[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el 12 de enero de 2014, p.12.
[2][2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx