lunes, 29 de octubre de 2012

La educación sobre el cambio climático en condiciones de extrema precariedad


La educación sobre el cambio climático en condiciones de extrema precariedad[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Uno de los mayores beneficios que uno obtiene de participar en eventos académicos, más allá de las conferencias y debates, es la posibilidad de establecer contacto con la gente, de hacer acuerdos para trabajos conjuntos, consultar dudas y planear actividades futuras.

Eso me ocurrió con abundancia durante el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad, que concluyó el pasado martes 23 de octubre en el Puerto de Veracruz. En este espacio quiero referirme a uno de esos encuentros que me conmovió profundamente.

Acababa de participar en un panel sobre educación y cambio climático, en el que se presentaron reflexiones teórico-metodológicas, enfoques y resultados de estudios en esta materia, cuando me abordó una chica como de 28 años, quien me dijo que estaba muy interesada en lo que yo había comentado. Me confesó que era maestra de telesecundaria en una región indígena del estado de Veracruz y que quería manejar el tema con sus estudiantes, pero que no sabía cómo. Sus palabras fueron más o menos como sigue:

     “Maestro, yo no puedo decirles a mis alumnos que participen en el combate al cambio climático ahorrando energía porque en sus casas no hay luz eléctrica; ni puedo decirles que ahorren agua, porque para ellos el agua es un bien muy preciado, ya que tienen que acarrearla en cubetas desde grandes distancias.”

“Tampoco puedo recomendarles que vigilen sus hábitos de consumo, porque de por sí casi no consumen nada. Entonces ¿Qué me sugiere maestro? ¿Cómo puedo trabajar este problema con mis alumnos?

Yo me quedé atónito. No me esperaba una consulta de esta naturaleza. Me encontraba profundamente cansado por las tareas derivadas de ser el presidente del comité organizador, pero entendí que no podía darle una respuesta simplista y facilona. Después de unos instantes, sólo atiné a decirle:

“Ponga énfasis en la adaptación y, sobre todo, al riesgo y a la vulnerabilidad. Hágales ver a sus estudiantes que el cambio climático viene a empeorar las cosas, sus ya de por sí precarias condiciones de vida”.

Ella coincidió conmigo. Vi cómo se le iluminaba el rostro y desplegaba una enorme sonrisa.

“Sí maestro, me dijo, puedo comentarles por ejemplo el porqué ahora hay más ‘barrancadas’ de lodo y piedras y trabajar con ellos cómo hemos de cuidarnos mejor. Muchas gracias por su consejo”.

Se dio la media vuelta y yo me quedé como sembrado en el piso. Mis asistentes junto a la mesa de registro se habían dado un poco de cuenta de lo ocurrido y alcancé a decirles: Esto tengo que escribirlo en mi columna de La Jornada Veracruz.

He vuelto a pensar varias veces en este episodio, para revisar si lo que le respondí era apropiado. Y pienso que sí. Muchas de las recomendaciones que circulan en los medios y en los programas educativos sobre el cambio climático, ponen énfasis en la mitigación; es decir, en cómo disminuir con nuestras actividades cotidianas la emisión de gases de efecto invernadero.

Pero si de nuestras actividades como países o como población, no hay emisiones comparativamente tan grandes cuya disminución pueda hacer diferencias significativas, pongamos el acento en aquello que sí nos va a afectar con mucha fuerza: el incremento de la vulnerabilidad y el riesgo, en la necesidad de trabajar más procesos sociales y económicos dirigidos a adaptarnos a la presencia del fenómeno, puesto que es algo que no va a ocurrir en el futuro, sino que ya está aquí y que ha llegado para quedarse entre nosotros por mucho tiempo.

Empecemos a trabajar en la forma de cómo fortalecer la resiliencia social, sobre todo de las comunidades más vulnerables como las costeras, las que sufren de sequías extremas, las que se encuentran ubicadas en los márgenes de ríos de respuesta rápida, por ejemplo. Para que las comunidades adquieran capacidades para recuperarse más pronto y mejor de los impactos que reciben cada vez más frecuentemente. No atenerse a la ayuda gubernamental o de solidaridad social que suele no llegar a tiempo, ni en la medida de las necesidades. 

Dónde quieras que estés maestra: Muchas gracias por la lección.



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 29 de octubre de 2012, pág. 7.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

viernes, 26 de octubre de 2012

Declaratoria sobre Educación Ambiental del III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad


Una declaratoria sobre la educación ambiental para la sustentabilidad[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

El 23 de octubre pasado concluyó el III Foro Nacional de Educación Ambiental celebrado en el Puerto de Veracruz. Durante su sesión de clausura se propuso respaldar una declaración, que fue leída a todos los presentes. Este fue el texto:

La educación ambiental ha sido una puerta abierta sin horarios, un imán para las voluntades de quienes se niegan a aceptar un mundo profundamente desgarrado y brutal. Personalidad inconclusa, rebeldía intermitente, pero movimiento fecundo, al presente es, predominantemente, una propuesta de pensamiento y acción con rumbo y rostro propios. La introspección crítica y el diálogo con lo externo le han permitido fincar nuevas estaturas y visualizar mejores rangos, pero sobre todo construir su piso, delimitar su topografía e imaginar sus horizontes.

Algún tiempo congelada en su propia auto-referencia y desorientada por una identidad confusa debida a sus disonancias íntimas, hoy la educación ambiental tiene capacidades para condensar su diálogo interno con el encuentro que sostiene con movimientos sociales y otras áreas del conocimiento, pues ha comprendido que no es posible ser una pieza suelta o un fragmento desprendido en la búsqueda de entender la misteriosa complejidad de la vida y, mucho menos, en la lucha frontal contra una realidad ardiente, en medio de un mundo en crisis de sentido, que se desangra ante tanta inequidad en vértigo.

Así, el nodo social y político al que se ha sumado la educación ambiental ha propiciado que ésta no sea sólo una propuesta didáctica para divulgar el estado actual de los ecosistemas, sino una plataforma pedagógica para explorar la condición humana en medio de una biosfera convertida en mercancía. La educación ambiental tiene su mirada puesta en la construcción de una pedagogía diferente, capaz de darle centralidad al todo planetario y a la Vida como valor supremo. Se asume como una arquitecta del futuro, no como concurrente del derrumbe ni placebo frente al desamparo, pues en su esencia está  reconstruir el horizonte ecológico y social, que es la mejor manera de sostenerse vivos. Bien sabemos que la educación que no es insurrecta sólo aspira a la didáctica.  

Pero, como educadores ambientales, el mantener la vista hacia adelante no nos exime de la indispensable evocación crítica al origen y al contexto en el que nacimos como tendencia educativa, pues es con nuestro pasado, cargado de claroscuros, con lo que abrazamos al futuro como lo que es: mixtura de alientos, patrimonio colectivo y  posibilidad de renacer. Nos hemos construido como educadores abriendo el futuro a la luz de nuestras raíces, por tal razón todo educador ambiental nuevo está obligado a revisar su ideario y el trayecto recorrido, pues éste, con todas sus limitaciones y tropiezos, es el producto social que nos da identidad; por fortuna, no necesitamos del típico borrón y cuenta nueva.

Sin embargo, debemos reconocer que no deja de invadirnos la fragilidad. Por largos momentos claudicamos al no levantar la vista para ver territorios más fértiles, sufrimos cíclicamente de escualidez anímica y de ingenuidad obesa, nos penetra la debilidad política, relegamos la urgente necesidad de elevar nuestra profesionalización, se nos diluye el núcleo de los problemas por encerrarnos en nuestras controversias, abanderamos un catastrofismo histérico, creemos que la retórica elegante de los congresos y los libros puede sustituir al compromiso activo con los movimientos sociales. Y todo ello termina hurtándonos la capacidad de convicción frente a los demás, con quienes queremos ensanchar la interpretación del mundo.

Con nuestro esfuerzo colectivo hemos logrado que la educación ambiental sea mucho más que nosotros mismos. Es memoria y futuro, lucha y concierto, certeza y posibilidad, creatividad y militancia, raíz y vuelo, espíritu y acción, resistencia y emancipación. Desfile destilado de ideas y de prácticas, nuestra corriente educativa no es un cascarón brillante sino un escudo, quizá modesto pero enérgico, para abrirle cauces al respeto por la biodiversidad, el clima, el agua, el aire, el patrimonio natural, lo cual es una manera práctica y concreta de defender a la Vida y a la sociedad, que son una sola entidad, mucho más importante que la salud financiera, la lozanía de las bolsas de valores y la fortaleza de los mercados.

Ni optimista o pesimista, ni flujo luminoso o parálisis opaca, ni enfermiza nostalgia o esperanza delirante; la educación ambiental es más bien una trayectoria que tercamente compartimos para tratar de comprender el sentido complejo, profundo y pleno de la Vida, lo que no da lugar a la amargura ni a la derrota anticipada.

Nuestra rebelión e inconformidad, como educadores y ciudadanos, no nace de la soberbia de quienes piensan en ganar, sino en el derecho que tenemos a los sueños y a la luz. Necesitamos del galope, pero también de la danza, para retornar a la fe universal de que el bien común, que debe incluir a todas las formas de vida, aún es alcanzable. Ello nos implica luchar por un cielo abierto que no sea humillado en cada mina; preferir el rostro de la frugalidad a la máscara de la acumulación mercantil; creer en la potencialidad de la fuerza colectiva, organizada, y no en la soledad humana como destino; optar por la festiva anarquía de los paisajes y no por la inerme monotonía de los campos cautivos de transgénicos; elegir la fuerza de los argumentos de la razón y de la ética y no la violencia que con cada paredón cierra un camino.

Tercos albañiles de la metamorfosis, los educadores ambientales tenemos en un puño una brújula con norte incierto que anuncia que el laberinto no tiene sólo una salida; y en el otro puño una crisálida que promete el libre vuelo de la Vida. Pero poco haremos solos si no contribuimos a generar, a través de procesos educativos, una ciudadanía despierta, con visibilidad política, capaz de ver los problemas vitales y de crear motivaciones y razones frescas para definir nuevas coordenadas. Ciudadanía capaz de rescatar sus demandas secuestradas, de convertirse en el epicentro de la renovación, de extender el árbol de la vida para que nos cobije a todos. La educación ambiental es una manera de entretejer las voces ciudadanas para convencernos juntos que en el corazón de lo que somos, en la sangre de nuestras profecías, está escrito que nada está condenado para siempre.

 



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el viernes 26 de octubre de 202, pág.7.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 15 de octubre de 2012

La educación para la sustentabilidad en los acuerdos multinacionales[1]


Edgar J. González Gaudiano[2]

Una de las propuestas surgidas de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sustentable, que tuvo lugar en Johannesburgo, Sudáfrica en 2002, fue la de promover una Década de la Educación para el Desarrollo Sustentable. Esta década se aprobó celebrarla del 1 de enero de 2005 al 31 de diciembre de 2014. Estamos entonces entrando en la fase final del periodo y circulan ya algunos reportes oficiales sobre los avances logrados.
        Si veinte años no es nada, una década es la mitad de eso y más tratándose de procesos educativos y culturales cuyos resultados más importantes se constatan en el mediano y largo plazos. Por lo que como era de esperarse, la UNESCO señala que han habido considerables progresos hacia la Educación para el Desarrollo Sustentable (EDS), toda vez que es cada vez más visible en los debates y reflexiones mundiales tanto sobre educación como sobre desarrollo sostenible. Una prueba son las importantes menciones en el documento final de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Rio de Janeiro, 2012) y el hecho de que en un creciente número de países el tema se considera un componente básico para mejorar la calidad de la educación.
Sin embargo, la UNESCO también admite que sigue siendo necesario un trabajo de promoción estratégica de la EDS ante muy diversos interlocutores, entre otros fines para ser tenida debidamente en cuenta en el seguimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los de la Educación para Todos. La Conferencia Mundial de la UNESCO sobre Educación para el Desarrollo Sustentable (Japón, 2014) revestirá especial importancia en este propósito.
Pero para ser eficaz, toda labor de promoción debe basarse en datos empíricos, por lo que queda mucho trabajo por hacer para poder aducir de modo convincente que la EDS es un elemento clave de la educación de calidad y uno de los medios más eficaces para responder a desafíos como el cambio climático o la pérdida de diversidad biológica; también se considera prioritario atribuir menos importancia a las cuestiones de coordinación y promover una acción más concreta y a mayor escala; integrar la EDS en todos los ámbitos y niveles del sistema educativo mediante planteamientos que movilicen a cada institución en su conjunto, así como poner más el acento en actividades locales o que cuenten con respaldo comunitario, así como en aquellas en las que participe la población joven.
Por todo ello, la UNESCO propuso a su Consejo Educativo en su sesión que se celebra entre el 3 y el 18 de octubre del presente año, dos opciones para darle continuidad a las acciones impulsadas durante la Década.
La primera opción era poner en marcha un segundo decenio. Los decenios de Naciones Unidas se declaran cuando se considera pertinente realizar esfuerzos concertados de promoción y un marco de referencia que encuadre las actividades durante un periodo determinado sobre un tema en particular. Cuando se opta por un segundo decenio es porque asume que no se han cumplido en grado suficiente los objetivos del primero y/o cuando en el transcurso de este han surgido nuevas necesidades. Dos ejemplos son el Segundo Decenio Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo (2005-2015) y el Segundo Decenio de las Naciones Unidas para la Erradicación de la Pobreza (2008-2017), ambos actualmente en curso.
La segunda opción presentada al Consejo Ejecutivo para darle continuidad al decenio fue definir un marco programático. En este tipo de planteamiento, a semejanza de la opción anterior, se enfatiza la importancia del tema a escala mundial y se define un marco de referencia para impulsar actividades a todos los niveles. A diferencia de un decenio, un marco programático carece de plazo fijo y permite que los principales ejes de trabajo vayan cambiando. Al no tener un límite temporal permite perseguir objetivos a largo plazo, que no se pueden cumplir en solo diez años.
La proclamación de un marco programático requiere la creación de un nombre o una ‘etiqueta’ de nuevo cuño y puede exigir, en parte, mecanismos nuevos o adaptados. Cuando el Decenio de las Naciones Unidas para la Educación para los Derechos Humanos (1995-2004) concluyó se puso en marcha el Programa Mundial para la educación en derechos humanos (2005-en curso), estructurado en fases consecutivas, cada una con su propio plan de acción.[3]
Durante la sesión del Consejo Ejecutivo celebrada el día 13 de octubre se aprobó recomendar un marco programático a la Conferencia General en su 37ª reunión, para transmitirla a la Asamblea General de las Naciones Unidas y que esta se pronuncie al respecto en su sexagésimo noveno periodo de sesiones (2014), de modo que el seguimiento del Decenio de las Naciones Unidas de la Educación para el Desarrollo Sustentable se realice sin discontinuidad después de 2014, con el liderazgo de la UNESCO.
Para abordar este y otros muchos asuntos, les esperamos en el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad, a celebrarse del 20 al 23 de octubre de 2012 en Boca del Río, Veracruz.[4]


[1]Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 15 de octubre de 2012, pág. 6.
[2]Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx
[3]Puede verse la propuesta completa en http://unesdoc.unesco.org/images/0021/002172/217210s.pdf
[4]Véase www.foroeas.org.mx

martes, 9 de octubre de 2012

El decenio de la educación para el desarrollo sustentable 2005- 2014 y más allá[1]


Edgar J. González Gaudiano[2]

Asistí durante jueves y viernes pasado a una reunión de representantes de Cátedras UNESCO sobre educación para la sustentabilidad en la sede de este organismo multinacional en París, Francia. Para mi sorpresa, estuvimos presentes sólo 13 representantes de los cuales 8 eran de universidades europeas. Apenas dos países latinoamericanos invitados: México y Costa Rica. La reunión estuvo diseñada como un taller de consulta para definir las acciones a emprender para  los dos últimos años del Decenio de la Educación para el Desarrollo Sustentable (2005-2014) y empezar a organizar las ideas para proseguir las tareas más allá de este periodo.
Entre la información que se nos proporcionó se anuncia una Conferencia Mundial sobre Educación para el Desarrollo Sustentable, convocada por la propia UNESCO  el gobierno de Japón, del 10 al 12 de noviembre de 2014, en Aichi-Nagoya, Japón bajo la proclama “Aprendiendo hoy para un futuro sustentable”. Habrá una serie de reuniones previas con grupos específicos (universidades, empresarios, etc.) del 4 al 8 del mismo mes en Okayama, Japón.
Esta gran conferencia de cierre de un decenio aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2002 se propone revisar lo que se ha logrado en esta materia e identificar las lecciones aprendidas, para desarrollar mejores estrategias mediante las cuales la educación para el desarrollo sustentable puede reforzar la calidad de la educación y acelerar la acción conjunta para el tránsito hacia la sustentabilidad, así como establecer la agenda post-2014 con estos propósitos.
Se parte de reconocer que una innovación como la que se propone inducir la educación para el desarrollo sustentable en los sistemas escolares de todos los niveles y modalidades educativas y fuera de ellos, no puede consumarse en una década. Esto porque implica enfrentar toda una serie de resistencias, costumbres, tradiciones y desviaciones muy enquistadas en los procesos educativos, que los han vuelto muy conservadores y refractarios a aquello que huela a cambio, pese a admitirse que vamos a la zaga de la sociedad y de la ciencia. Esta resistencia es mayor cuando se trata de transformaciones de fondo no sólo de contenido educativo sino de su pedagogía, como los que se promueve con la educación para el desarrollo sustentable.
En México no hemos sido simpatizantes del concepto educación para el desarrollo sustentable. Preferimos usar el de educación ambiental para la sustentabilidad, que creemos responde mejor no sólo a una trayectoria de esfuerzos emprendidos desde hace casi treinta años en el país, que con grandes dificultades ha comenzado a tener efectos institucionales, sobre todo en la Secretaría de Educación Pública federal y en los estados.
Pero también porque al interior de la forma de educación ambiental para la sustentabilidad que se ha promovido en nuestro país, hemos ido construyendo, también con dificultades, un campo educativo que no ha estado restringido a la conservación de la naturaleza ni a contribuir a alcanzar los fines de la gestión ambiental, que es lo que le ha sido criticado en otros países. Hemos ido creando articulaciones de distinto tipo y en diversos grados con otras prácticas educativas que en un principio se mantenían independientes y con las que cada vez más encontramos propósitos y espacios afines, tales como la educación intercultural, para el desarrollo rural y urbano, para el consumo sustentable, para la equidad de género, para la salud y para los derechos humanos, entre otros, que le han dado a la educación ambiental un fuerte sustrato social, económico, cultural y político compartido.
Desde esta praxis, trabajar desde la educación ambiental para la sustentabilidad un tema complejo como el del cambio climático, obviamente no se enfrenta a partir de una perspectiva de alfabetización científica con base en el modelo del déficit informativo. Es decir, pensar que con proporcionar a la gente contenidos provenientes de las ciencias del clima y sus problemas asociados es condición necesaria y suficiente para que la gente cambie su relación con el medio ambiente y disminuya su huella de carbono. Eso es de una tremenda ingenuidad, pese a que es justamente lo que se ha estado haciendo y no sólo en México.
La educación ambiental para la sustentabilidad enfrenta el cambio climático desde muchas esferas: la cognitiva, la experiencia social, la cultura local, la situación económica, el riesgo, la vulnerabilidad y la resiliencia social, por mencionar algunas.
Para revisar estos enfoques y evaluar también lo que hemos estado haciendo en México, así como para discutir nuestros resultados por precarios que puedan parecer, nos reuniremos en el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad, a celebrarse del 20 al 23 de octubre de 2012 en Boca del Rio, Veracruz. Los esperamos. Véase: www.foroeas.org.mx



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el martes 9 de octubre de 2012. pag. 6.
[2]Coordinador da la Cátedra UNESCO – UV "Ciudadanía, educación y Sustentabilidad del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

martes, 2 de octubre de 2012

La sustentabilidad en la Universidad Veracruzana[1]


Edgar J. González Gaudiano[2]

Cuando me incorporé a la Universidad Veracruzana en 2010, una de las primeras actividades en las que el Dr. Raúl Arias me invitó fue a integrarme en un pequeño grupo de seis destacados académicos encabezado por el Dr. Adalberto Tejeda,  para elaborar lo que unos meses más tarde se convertiría en el Plan Maestro para la Sustentabilidad de la UV.
        El Plan Maestro para la Sustentabilidad pretendía ser la cereza del pastel de una gestión caracterizada por la modernización institucional, la innovación educativa, la eficientización de procesos administrativos, la transparencia y la rendición de cuentas, la aplicación de la normatividad y la defensa de la recién ganada autonomía, entre otros.
Para alcanzar tal desafío, el equipo revisó las propuestas más consolidadas sobre sustentabilidad en universidades nacionales y algunas extranjeras; se consideraron las propuestas previas surgidas en la propia institución, así como numerosos esfuerzos aislados pero valiosos de personas y pequeños grupos colegiados. El Plan Maestro para la Sustentabilidad de la UV fue recibido con entusiasmo y fue aprobado de manera unánime y por aclamación del Consejo Universitario.
Se integró un consejo de alto nivel liderado por el propio rector y se creó una Coordinación Universitaria para organizar los trabajos, a cargo del Dr. Lázaro Sánchez y un grupo minúsculo de experimentados académicos, quienes muy pronto ya habían promovido una red a partir de comisiones regionales y puesto en marcha lo que aparecía como punta de lanza para ir sentando las bases de una transformación institucional de gran aliento: el Sistema Universitario de Manejo Ambiental (SUMA).
De este modo, se han escrito los manuales de operación y se han impulsado trabajos en muchas áreas como el manejo de residuos, ahorro de agua y energía, ahorro en impresos y mensajería, compras, construcciones, movilidad urbana, etc. Y ya empiezan a verse algunos resultados, aunque por la gran dispersión de instalaciones, incluso en Xalapa, es difícil que pueda impactar del mismo modo y al mismo tiempo a toda la universidad. 
   No obstante, estos logros son aún muy frágiles. Primero, porque un gran número de dependencias no se han involucrado en el proceso. De hecho, salvo los avances en el sistema de manejo ambiental, los otros dos ejes del Plan prácticamente no han arrancado: el Comparte y el Discurre. Y esto no es responsabilidad exclusiva de la Coordinación, me parece que ha faltado un respaldo efectivo y sostenido de autoridades y mandos intermedios en una gran mayoría de dependencias.
La Universidad Veracruzana va a ingresar muy pronto en un proceso de transición y los programas que no estén bien blindados académicamente y con un fuerte respaldo de la comunidad universitaria serán vulnerables. Quiero pensar que por las implicaciones que la sustentabilidad tiene en la construcción de futuro y la progresiva extensión que se está dando en el sistema universitario mundial, es un proceso que llegó para quedarse.
Empero, una transformación hacia la sustentabilidad institucional no se logra fácilmente por las usuales resistencias al cambio y los arraigados atavismos en el ethos institucional. Máxime cuando se trata de cambios de fondo que afectan patrones culturales y estilos de conocimiento, pensamiento y acción.
Por lo mismo, nunca son suficientes si bien necesarias las disposiciones normativas; se requiere de que la visión sea asumida como propia por la gran mayoría de los miembros de la comunidad, como condición para generar nuevos valores que orienten las actitudes y el compromiso para hacer las cosas de otra manera. Y esto es lo que aún no empieza a darse en la UV en su conjunto, salvo en las honrosas excepciones de siempre.
Se me dirá que dos años es pronto para empezar a ver esto y tendré que concederles la razón, pero me gustaría ver con más claridad que estamos caminando en esa dirección.         

  

[1]Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 1 de octubre de 2012. Pág. 6.
[2]Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, educación y sustentabilidad ambiental del desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

martes, 25 de septiembre de 2012

¿Es la tecnociencia una solución a los problemas humanos?



¿Es la tecnociencia una solución a los problemas humanos?[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

El desarrollo científico y tecnológico de los últimos cincuenta años es portentoso. A las generaciones que hemos vivido en ese periodo nos ha tocado vivir vertiginosos cambios que ni se soñaban unas cuantas décadas atrás. Por ejemplo, las telecomunicaciones y el internet han transformado de manera radical nuestros estilos de vida y para mucha gente vivir sin teléfono celular ahora se convierte en algo impensable, si bien los celulares no existían cuando nuestros padres eran jóvenes.
Sin embargo, este espectacular desarrollo ha contribuido a alimentar el mito de que todos los problemas contemporáneos pueden resolverse con más desarrollo tecnocientífico y la verdad es que eso ha sido más parte del problema que de la solución. El deterioro del medio ambiente, el incremento demográfico, el consumismo, la carrera armamentista y la pérdida de sentido de las vidas individuales de los seres humanos, por citar algunos, son problemas que han corrido en paralelo con este desarrollo tecnocientífico e incluso han sido también consecuencias de éste.       
En su libro “El principio de responsabilidad”, Hans Jonas advierte del peligro de tener expectativas de milagros inspiradas por una fe supersticiosa en la omnipotencia de la ciencia y la tecnología. Por ejemplo, si bien no podemos descartar que se descubran nuevas fuentes de energía o formas totalmente nuevas a las ya conocidas frente a la inminente declinación de las reservas de hidrocarburos, que al mismo tiempo que sostienen nuestros cómodos estilos de vida están produciendo problemas tan serios como el del cambio climático. Pero sería irresponsable, dice Jonas, fincar nuestro futuro sobre tales expectativas.
  Esperar que los complejos problemas del mundo sean resueltos con más desarrollos tecnológicos es una tremenda ingenuidad. Pero eso es lo que está ocurriendo. Se piensa que con cambiar los focos de luz incandescente por focos ahorradores o con adquirir equipos electrodomésticos más eficientes, estamos haciendo nuestra parte respecto a la emisión de gases de efecto invernadero.      
Al ser cada vez más dependientes de la tecnología, estamos no sólo perdiendo libertad sino volviéndonos más pasivos, dejando que nuestras vidas sean manejadas por otros protagonistas. Mientras sigamos ilusamente creyendo que la tecnología lo puede todo, continuaremos esperando soluciones técnicas para los problemas humanos. Nunca mejor que hoy cabe recordar las palabras de Albert Camus:

“El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas, 
el XVIII de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. 
Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. 
Se me dirá que éste no es una ciencia. 
Pero (…) no hay duda de
que sin embargo es una técnica”.


[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el martes 25 de Septiembre de 2012.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 17 de septiembre de 2012

El escudo nacional y el medio ambiente [1]


Edgar J. González Gaudiano [2]

Un símbolo es una representación cuyo significado es ampliamente compartido y exterioriza gráficamente una idea o pensamiento que opera como convención en una comunidad. Estamos por doquier bombardeados por múltiples símbolos (religiosos, químicos, de tráfico, unidades de medida, etc.). Un símbolo está compuesto de varios elementos, pero el conjunto significa mucho más que sus partes por separado o juntas. Todo símbolo lleva implícitos mensajes que pueden ser interpretados de diversos modos y en distintos planos de realidad; la polisemia o pluralidad de sentidos es un carácter universal de todo símbolo. 
Para los mexicanos nuestros símbolos nacionales como la bandera, el himno y el escudo nos son muy preciados. El escudo nacional siempre me ha sido especialmente significativo. Es historia y leyenda. Me significa una raíz, un destino, la fundación de una nación. La imagen del águila devorando una serpiente representa el triunfo del sol sobre la luna, de la luz sobre la obscuridad, el renacer de cada nuevo día, la fortaleza del espíritu humano para vencer las adversidades.
El que el águila esté posada sobre un nopal es también significativo, pues el nopal es una planta muy mexicana que nos sirve de alimento. Sus frutos, las tunas, aluden al corazón humano y para la simbología azteca, representa el sacrificio, la ofrenda, el tributo por el nuevo día.
El islote en medio del lago representa el esfuerzo, el desafío a vencer y el agua, elemento vinculado a la luna, a lo femenino, a lo dador de vida, al nacimiento. La serpiente para los pueblos mesoamericanos no posee el significado que le otorga el cristianismo relacionado con el mal. La serpiente por ser un animal cuyo cuerpo toca totalmente la tierra posee poderes y virtudes positivas especiales.
Enrique Florescano, conspicuo historiador y estudioso de nuestros simbolismos homenajeado el día de hoy por la Universidad Veracruzana, interpreta que la lucha entre el águila y la serpiente es una metáfora sobre la invasión de los pueblos seminómadas del norte (el águila) que se impusieron sobre los pueblos agrícolas de Mesoamérica (la serpiente). Mediante este símbolo los aztecas representaban su dominio, donde el fiero Huitzilopochtli (el águila) vence al sabio Quetzalcóatl (la serpiente). Un símbolo de conquista.
Durante la temporada de Septiembre patrio cuando veo la festividad que rodea nuestra lucha por la independencia y la reverencia hacia el simbolismo nacional, no dejo de asociar los elementos del escudo con la situación que guarda ese entorno natural en el que se inscribe la leyenda.
El lago en el que se fundó la gran Tenochtitlán desapareció hace mucho tiempo y el agua que tiende a recuperar ese espacio que le pertenece, es permanentemente desalojada fuera de la cuenca del valle de México mediante una compleja y vasta red de túneles y canales, que desde tiempos coloniales han puesto de manifiesto el desconocimiento del funcionamiento de ese ecosistema en general y del manejo del agua en particular, que pone en severo riesgo el propio funcionamiento de esa gran urbe metropolitana
Han desaparecido de ahí también las abundantes especies vegetales y animales que caracterizaban esa idílica región, la más transparente, diría el recientemente fallecido Carlos Fuentes, otro gran intérprete de la identidad mexicana. Seguimos siendo a pesar de todo un país biomegadiverso porque contamos con un patrimonio natural y cultural envidiable para otras naciones, pero no sabemos cuidar ninguno de los dos.
 Incluso el águila real mexicana, la del escudo nacional, se encuentra en peligro de extinción. Esa altiva especie que flotaba sobre los aires del territorio que hoy es México, desde el estado de Puebla y el norte de Guerrero hasta todos los estados del norte, hoy apenas sobrevive debido a la destrucción del hábitat, al uso de pesticidas y agroquímicos, a las torres de alta tensión y al comercio ilegal para coleccionistas y uso en la cetrería de otros países. De seguir así nuestro simbólico escudo nacional habrá perdido en la realidad, también a su elemento central de la identidad mexicana.
Para que ¡Viva México! debemos ponerle más y mejor atención a nuestro medio ambiente.


[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 17 de septiembre de 2012, pág. 4.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

lunes, 10 de septiembre de 2012

El arduo camino de la educación ambiental en México

El arduo camino de la educación ambiental en México[1]
Edgar J. González Gaudiano[2]

Del 20 al 23 de octubre en el Puerto de Veracruz, se celebrará el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad. El evento ha sido convocado por la Universidad Veracruzana, la Academia Nacional de Educación Ambiental, el Centro de Educación y Capacitación para el Desarrollo Sustentable de la Semarnat y el Gobierno del Estado de Veracruz, a través de las secretarías de Medio Ambiente y la de Educación.
La educación ambiental se inició en México a principios de la década de los años 80, y en estos treinta años se ha venido consolidando como un fecundo campo de práctica profesional en respuesta al aumento de la preocupación social sobre una gama cada vez más grave de problemas ambientales. Esta preocupación corrió al parejo de la creciente evidencia científica acerca del incremento de la degradación ecológica, el agotamiento de los recursos naturales y la aparición de un conjunto de nuevas amenazas a la calidad de vida y la integridad de los ecosistemas.
La Declaración de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano de 1972 constituyó la piedra angular para justificar la incorporación de la dimensión ambiental dentro de los sistemas educativos, más allá de la educación en ciencias naturales y de la inclusión de contenidos discretos sobre problemas y temas con frecuencia ajenos y distantes a la realidad de la gente. El desarrollo de los principios básicos de la educación ambiental demandó un enfoque interdisciplinario y una nueva ética ambiental con base en los cambios necesarios en los valores y comportamientos humanos en su relación con el ambiente.
Si bien el campo de la educación ambiental parece más complejo hoy que entonces, la simplicidad y la pertinencia de las primeras definiciones permanecen vigentes. Una de estas primeras conceptualizaciones (UICN, 1970), describe a la educación ambiental  como un campo que se orienta hacia la construcción de una ciudadanía bien informada sobre el ambiente biofísico y socio-cultural y sus problemas asociados; consciente de la necesidad de encarar estos problemas y motivada para trabajar hacia sus soluciones.
Diversas reuniones internacionales en la década de los años 70 y 80 aportaron mayor claridad sobre la interdependencia económica, sociopolítica y ecológica de los problemas para proponer programas que impulsaran conocimientos, valores y habilidades con potencial para el cambio hacia un comportamiento ambientalmente responsable.
Aunque en nuestro país no fue fácil que la Secretaría de Educación Pública aceptara la inclusión de la educación ambiental en el currículum escolar desde una perspectiva compleja del entorno humano que no se puede entender sin hacer referencia a las dimensiones social, económica y política de la ciencia, la sociedad y el medio ambiente, el nuevo campo se iba consolidando en la práctica extraescolar y las actividades no formales.
Por todo ello, durante los años 80 y 90 la incorporación de la dimensión ambiental en el currículum escolar fue generando diversas tensiones. Mientras en Estados Unidos, grupos económicos muy poderosos acusaban que el impulso de este nuevo campo estaba creando “pequeños fascistas verdes”, en otros países se demandaba una educación ambiental menos verde y más social.   
En 1987, el Informe Brundtland "Nuestro Futuro Común" y su propuesta sobre desarrollo sustentable generó diversos conflictos dentro del campo, ya que los organismos internacionales comenzaron a plantear la necesidad de una educación para el desarrollo sustentable que sustituyera a la educación ambiental para transitar hacia una propuesta más acorde con los nuevos retos.
Todos los recursos se orientaron a impulsar este nuevo campo. Las instituciones multinacionales como la UNESCO propusieron en 2002 una década para implantar la educación para el desarrollo sustentable en el mundo. La década se inició en 2005. La educación ambiental parecía morir en las escuelas de muchos países que se alinearon a esta corriente, incluso sin entender bien en qué consistía.
Pocos países y grupos de educadores ambientales se opusieron a esta injustificada transición aduciendo diversas razones. Unos señalaban que la educación para el desarrollo sustentable era una propuesta más acorde a los intereses de la globalización y del neoliberalismo; otros que había muchas interrogantes sin resolver alrededor del concepto de desarrollo sustentable y de sus posibilidades prácticas de aplicarlo a políticas concretas.
En México nos opusimos por motivos más prácticos. Creímos que sustituir la educación ambiental por algo que no entendíamos, con el gran esfuerzo desarrollado por casi dos décadas para que los funcionarios gubernamentales entendieran la importancia de la educación ambiental, era perder un enorme capital político. Estábamos convencidos además que la educación ambiental era sumamente necesaria y que el enfoque que aquí le habíamos dado integraba las dimensiones sociales y económicas con las ecológicas, lo que era el argumento principal que se destacaba en la educación para el desarrollo sustentable.  
La década de la educación para el desarrollo sustentable (2005-2014) ha sido la arena en que ambos proyectos se han confrontado. La mención explícita de la educación ambiental en el Plan Nacional de Desarrollo (2006-2012) contribuyó a su supervivencia en México, durante un periodo en que las políticas ambientales se han reducido a su mínima expresión.
Pero incluso en el plano internacional, el intento de extender el acta de defunción de la educación ambiental, por parte de la UNESCO y otros organismos, ha fracasado. Ahora en vez de considerar a la educación para el desarrollo sustentable como un estadio superior de una educación ambiental que ya había dado de sí, la UNESCO los considera como campos mutuamente complementarios.
En ese lapso en México consideramos que era importante capitalizar en nuestro favor el impulso que proporcionaba la Década y le llamamos pragmáticamente Educación Ambiental para la Sustentabilidad.
Por eso, el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad a realizarse en pocas semanas constituye una verdadera celebración. Hemos intentado diseñar un foro que permita abrir espacios para el análisis y debate sobre ángulos de actualidad que conciernen a la educación ambiental, tales como el cambio climático, la vulnerabilidad y el riesgo, la interculturalidad, el consumo, la calidad educativa, la formación de los educadores ambientales y muchos más. Queremos que el foro se convierta en un espacio de reflexión sobre lo que se ha hecho, se está haciendo y está por hacerse para proyectar la educación ambiental como base consustancial de una respuesta ciudadana a los enormes y complejos desafíos que ya penden sobre nosotros.  www.foroeas.org.mx



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 10 de septiembre de 2012. Pág. 6.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”.