lunes, 10 de septiembre de 2012

El arduo camino de la educación ambiental en México

El arduo camino de la educación ambiental en México[1]
Edgar J. González Gaudiano[2]

Del 20 al 23 de octubre en el Puerto de Veracruz, se celebrará el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad. El evento ha sido convocado por la Universidad Veracruzana, la Academia Nacional de Educación Ambiental, el Centro de Educación y Capacitación para el Desarrollo Sustentable de la Semarnat y el Gobierno del Estado de Veracruz, a través de las secretarías de Medio Ambiente y la de Educación.
La educación ambiental se inició en México a principios de la década de los años 80, y en estos treinta años se ha venido consolidando como un fecundo campo de práctica profesional en respuesta al aumento de la preocupación social sobre una gama cada vez más grave de problemas ambientales. Esta preocupación corrió al parejo de la creciente evidencia científica acerca del incremento de la degradación ecológica, el agotamiento de los recursos naturales y la aparición de un conjunto de nuevas amenazas a la calidad de vida y la integridad de los ecosistemas.
La Declaración de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano de 1972 constituyó la piedra angular para justificar la incorporación de la dimensión ambiental dentro de los sistemas educativos, más allá de la educación en ciencias naturales y de la inclusión de contenidos discretos sobre problemas y temas con frecuencia ajenos y distantes a la realidad de la gente. El desarrollo de los principios básicos de la educación ambiental demandó un enfoque interdisciplinario y una nueva ética ambiental con base en los cambios necesarios en los valores y comportamientos humanos en su relación con el ambiente.
Si bien el campo de la educación ambiental parece más complejo hoy que entonces, la simplicidad y la pertinencia de las primeras definiciones permanecen vigentes. Una de estas primeras conceptualizaciones (UICN, 1970), describe a la educación ambiental  como un campo que se orienta hacia la construcción de una ciudadanía bien informada sobre el ambiente biofísico y socio-cultural y sus problemas asociados; consciente de la necesidad de encarar estos problemas y motivada para trabajar hacia sus soluciones.
Diversas reuniones internacionales en la década de los años 70 y 80 aportaron mayor claridad sobre la interdependencia económica, sociopolítica y ecológica de los problemas para proponer programas que impulsaran conocimientos, valores y habilidades con potencial para el cambio hacia un comportamiento ambientalmente responsable.
Aunque en nuestro país no fue fácil que la Secretaría de Educación Pública aceptara la inclusión de la educación ambiental en el currículum escolar desde una perspectiva compleja del entorno humano que no se puede entender sin hacer referencia a las dimensiones social, económica y política de la ciencia, la sociedad y el medio ambiente, el nuevo campo se iba consolidando en la práctica extraescolar y las actividades no formales.
Por todo ello, durante los años 80 y 90 la incorporación de la dimensión ambiental en el currículum escolar fue generando diversas tensiones. Mientras en Estados Unidos, grupos económicos muy poderosos acusaban que el impulso de este nuevo campo estaba creando “pequeños fascistas verdes”, en otros países se demandaba una educación ambiental menos verde y más social.   
En 1987, el Informe Brundtland "Nuestro Futuro Común" y su propuesta sobre desarrollo sustentable generó diversos conflictos dentro del campo, ya que los organismos internacionales comenzaron a plantear la necesidad de una educación para el desarrollo sustentable que sustituyera a la educación ambiental para transitar hacia una propuesta más acorde con los nuevos retos.
Todos los recursos se orientaron a impulsar este nuevo campo. Las instituciones multinacionales como la UNESCO propusieron en 2002 una década para implantar la educación para el desarrollo sustentable en el mundo. La década se inició en 2005. La educación ambiental parecía morir en las escuelas de muchos países que se alinearon a esta corriente, incluso sin entender bien en qué consistía.
Pocos países y grupos de educadores ambientales se opusieron a esta injustificada transición aduciendo diversas razones. Unos señalaban que la educación para el desarrollo sustentable era una propuesta más acorde a los intereses de la globalización y del neoliberalismo; otros que había muchas interrogantes sin resolver alrededor del concepto de desarrollo sustentable y de sus posibilidades prácticas de aplicarlo a políticas concretas.
En México nos opusimos por motivos más prácticos. Creímos que sustituir la educación ambiental por algo que no entendíamos, con el gran esfuerzo desarrollado por casi dos décadas para que los funcionarios gubernamentales entendieran la importancia de la educación ambiental, era perder un enorme capital político. Estábamos convencidos además que la educación ambiental era sumamente necesaria y que el enfoque que aquí le habíamos dado integraba las dimensiones sociales y económicas con las ecológicas, lo que era el argumento principal que se destacaba en la educación para el desarrollo sustentable.  
La década de la educación para el desarrollo sustentable (2005-2014) ha sido la arena en que ambos proyectos se han confrontado. La mención explícita de la educación ambiental en el Plan Nacional de Desarrollo (2006-2012) contribuyó a su supervivencia en México, durante un periodo en que las políticas ambientales se han reducido a su mínima expresión.
Pero incluso en el plano internacional, el intento de extender el acta de defunción de la educación ambiental, por parte de la UNESCO y otros organismos, ha fracasado. Ahora en vez de considerar a la educación para el desarrollo sustentable como un estadio superior de una educación ambiental que ya había dado de sí, la UNESCO los considera como campos mutuamente complementarios.
En ese lapso en México consideramos que era importante capitalizar en nuestro favor el impulso que proporcionaba la Década y le llamamos pragmáticamente Educación Ambiental para la Sustentabilidad.
Por eso, el III Foro Nacional de Educación Ambiental para la Sustentabilidad a realizarse en pocas semanas constituye una verdadera celebración. Hemos intentado diseñar un foro que permita abrir espacios para el análisis y debate sobre ángulos de actualidad que conciernen a la educación ambiental, tales como el cambio climático, la vulnerabilidad y el riesgo, la interculturalidad, el consumo, la calidad educativa, la formación de los educadores ambientales y muchos más. Queremos que el foro se convierta en un espacio de reflexión sobre lo que se ha hecho, se está haciendo y está por hacerse para proyectar la educación ambiental como base consustancial de una respuesta ciudadana a los enormes y complejos desafíos que ya penden sobre nosotros.  www.foroeas.org.mx



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 10 de septiembre de 2012. Pág. 6.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”.

lunes, 3 de septiembre de 2012

¿Por qué la distancia entre los dichos y los hechos? [1]


Edgar J. González Gaudiano[2]

A lo largo de los últimos treinta años ha sido notable el crecimiento del interés de la gente por los temas del medio ambiente. Ahora es más claro para la mayoría de la población, independientemente de la clase social, grupo de edad y nivel de estudios, que la calidad del ambiente está directamente relacionada con las condiciones generales de la calidad de vida. Nuestras vidas se degradan si se degrada nuestro ambiente. Estamos convencidos de que la calidad del ambiente es un valor y que es importante y urgente que alguien haga algo por conservarlo. Pero a pesar de saberlo, lo que observamos es un proceso progresivo de degradación que no sólo no cesa, sino que parece acelerarse.
        Las causas del deterioro del medio ambiente son complejas, pues están estrechamente ligadas con los estilos de vida y el estilo de vida dominante no es precisamente ambientalista. Las actuales aspiraciones sociales están ligadas a la adquisición de un conjunto de satisfactores materiales relacionados con un cierto concepto de bienestar. Sin embargo, estos satisfactores suelen implicar un mayor gasto de energía y materiales, tales como los electrodomésticos, los automóviles, los viajes, la moda, alimentos exóticos, etc.
Ese concepto de bienestar es difundido extensamente por la escuela, por los medios y por todos los demás vehículos disponibles por el sistema económico y social. De ahí que nuestro consumo y hasta nuestras actividades de ocio y entretenimiento están mediados por esta manera de concebir la calidad de vida.
El ambiente entonces es una prioridad para la gente, aunque no lo es tanto como la seguridad, el ingreso y el progreso material. Todas las encuestas coinciden en esto y ha sido un resultado constante en los últimos veinte años con ligeras variaciones de grado y de orden.
De ahí que los temas ambientales si bien se han posicionado en la agenda pública, no se han convertido en un asunto de primer plano dentro de los problemas de interés social. Es más, incluso han disminuido respecto del peso relativo que se les otorgó en la política durante las décadas de los años ochenta y noventa y sólo recientemente han vuelto a cobrar fuerza con el problema del cambio climático global. Este deterioro progresivo de la política ambiental muestra un perfil más acusado cuando se enfrentan crisis financieras y económicas de larga duración.
Es común escuchar entre la gente el que la preocupación por el ambiente va a incrementarse en la medida en que se mejoren las condiciones socioeconómicas y el nivel educativo de la población. Si esto fuera cierto, la población de los países desarrollados y con mejores índices de escolaridad estaría en la vanguardia mundial por reivindicaciones posmaterialistas y la verdad no es así. Salvo las excepciones de siempre y pequeños grupos comprometidos, la preocupación ambientalista de la población del mundo desarrollado no va mucho más lejos de su entorno local y regional. El consumo energético y la demanda de materiales del veinte por ciento más rico de la población mundial han venido creciendo de manera exponencial.
Lo que sí empieza a observarse como un factor determinante del cambio en la percepción y el comportamiento colectivos son las crecientes condiciones de riesgo, pero eso no implica necesariamente el desarrollo de valores ambientalistas. En otras palabras, la posibilidad de convertirnos en víctimas del medio ambiente por escasez de agua, sequías prolongadas, intensidad de huracanes, inundaciones, desabasto de alimentos, incremento de precios, etc. está provocando un creciente interés, sobre todo dada la marcada desigualdad social de los riesgos y la vulnerabilidad.
Lo anterior explica, al menos en parte, la reciente movilización y resistencia de importantes sectores sociales frente a decisiones que incrementan su situación de riesgo y vulnerabilidad sin que les reporten beneficios concretos a la población, tales como la mina Caballo Blanco y las represas de los ríos locales, sólo para citar dos casos en el estado de Veracruz.
Sin embargo, lo que es difícil explicar es el por qué hacemos tan poco en la misma línea de nuestra preocupación por el medio ambiente. La disociación entre lo que deberíamos hacer y lo que hacemos es un rasgo general de nuestras vidas y no sólo en cuanto a la relación con el ambiente. Diferentes teorías han intentado explicar esto y existe bastante coincidencia en que las categorías que integran la cadena valores, creencias, normas y comportamientos, tienen su propia lógica y están mediadas por diferentes factores. Valores altruistas pueden ser más congruentes con ciertos actos siempre que la cadena no se rompa. Es decir, los valores han de ser consistentes con la creencia, por ejemplo, de que mi intervención en los problemas puede marcar una diferencia significativa y de eso derivar una norma de conducta personal que definirá mis actos en un determinado sentido.
El proceso es considerablemente más complejo de lo que he comentado aquí, pero así opera en términos generales. El problema son los numerosos factores que debilitan la cadena, tales como el grado de incertidumbre, la distancia geográfica, la lejanía temporal, la proximidad emocional con las personas afectadas y las posibilidades de percibir los efectos de un fenómeno a través de los sentidos.
De ahí que las noticias que hablan, por ejemplo, del cambio climático como un problema que ocurrirá en el futuro, del cual no existe plena certeza científica, de que corresponde a los gobiernos, los científicos y las empresas asumir la mayor parte de las medidas y de que afectará en mayor grado a otros distantes y ajenos, son factores que merman nuestras convicciones y debilitan la cadena de valor-actuación. Esas noticias son afines a un discurso interesado en que se posterguen las decisiones para favorecer sus negocios, por lo que minimizan la relevancia actual de los problemas para frenar la formación de compromisos individuales y colectivos de mayor responsabilidad social.
No obstante, la cadena también se deteriora por nuestros deseos contradictorios y nuestras ambivalencias personales en los distintos planos de nuestras vidas. La creencia de que si se protege el medio ambiente se perderán empleos, pero si no lo hago me amenaza el colapso, produce dudas y parálisis y nos confronta con un dilema que termina resolviéndose en función de cuál es la consecuencia más cercana y probable en mi propia vida.
Muchos queremos consumir menos pero creemos que una reducción en el consumo es catastrófico para la economía; otros queremos proteger al medio ambiente y conservar las comodidades que nos da la vida contemporánea haciendo pequeños ajustes; las tecnologías ecoeficientes están bien pero que no afecten el salario, los beneficios o los puestos de trabajo; me gustaría usar menos el automóvil pero no puedo permitirme llegar tarde al trabajo y tampoco dispongo de transporte público eficiente y seguro; etc. etc.
Todos estos son ejemplos de los conflictos en los que nos movemos que nos alejan de una coherencia entre nuestros propósitos y los hechos, y también de la posibilidad de transitar hacia la sustentabilidad. El asunto es que la realidad nos va a obligar más temprano que tarde a entender que no hay manera de seguir en esta vía y eso modificará sustantivamente las expectativas e incrementará las tensiones sociales. Y esta advertencia no debiese ser desdeñable para un gobierno que comienza. Al tiempo.                 


[1]Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 3 de septiembre de 2012, pág. 7. 
[2]Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, educación y sustentabilidad ambiental del desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

domingo, 26 de agosto de 2012

¿De qué se ríe Sr. Presidente?


¿De qué se ríe Sr. Presidente?[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Felipe Calderón se promovió durante su campaña para la presidencia no sólo como el presidente del empleo, sino como el candidato que tenía las manos limpias. En seis años esas promesas de campaña devinieron realidad, una falsa realidad. Nunca en la historia de México había habido tantos desempleados, subempleados, empleos tan precarios y sueldos tan miserables incluso para quienes tienen estudios universitarios, sino que sus manos se encuentran manchadas por la sangre de más de sesenta mil muertos, según cifras oficiales.
Calderón quien inició su mandato teniendo que protestar entrando por la puerta de atrás del recinto del Congreso, sale por la puerta de atrás de la historia, dejando al país enfrascado en una crisis generalizada a nivel social, política, económica, institucional, alimentaria, ambiental y demás. Hasta su propio partido se encuentra en crisis. En esta entrega me referiré a la crisis ambiental, sobre todo por la producida por la industria minera.
La tercera parte del territorio nacional se encuentra concesionada a la explotación minera de empresas mayoritariamente extranjeras que emplean procesos tecnológicos para la extracción de los minerales que han sido prohibidos en muchos países por los daños ecológicos y sociales a gran escala que producen.  Más de 25 mil concesiones para proyectos mineros que no dejarán beneficio económico alguno de largo plazo a las comunidades ahí asentadas, pero sí una devastación que acentuará aún más su baja calidad de vida.
   En lo que va de este siglo, en plenos gobiernos panistas, se ha extraído el doble de la cantidad de oro y la mitad de plata, de la producida en 300 años de explotación colonial en la Nueva España. Investigadores de la Facultad de Economía de la UNAM sostienen que este pico de explotación minera, que pasó de una demanda de  100 millones de toneladas en 1900 a 3,500 millones en este momento, coincide con una aserie de fenómenos globales como el agotamiento de los recursos petroleros, la extinción de la biodiversidad, el declive de las reservas de agua dulce, el incremento de la acidez en los océanos, el aumento de la luminosidad nocturna y el cambio climático. Todo esto aderezado con una crisis económica y financiera internacional que mostró su fase más descarnada a partir de 2008 y que no tiene para cuando mejorar.  
Ello explica que el mundo viva una "fiebre" por la escasez mundial del oro, que se ha convertido en el único valor seguro de reserva para respaldar las monedas nacionales ante posibles escenarios de depreciación global. En 2002, la onza de 31 gramos se cotizaba en 350 dólares y supera los mil 600 en 2012, lo que convierte al oro en un recurso natural estratégico para la seguridad de muchos países.
El costo ambiental que tiene la explotación de oro y otros metales preciosos, especialmente cuando se realiza a cielo abierto, es colosal. No sólo porque se degrada considerablemente la cubierta de suelo convirtiéndola en una superficie inerte, incapaz de sostener vida, sino porque emplea enormes volúmenes de agua de fuentes superficiales y subterráneas para el proceso de extracción.
El agua usada suele quedar contaminada con cianuro y arsénico, dos venenos fatales de alta toxicidad, y otros metales pesados también muy peligrosos como el plomo y el mercurio, lo que afecta el suelo, la fauna, la flora, la producción agrícola y las posibilidades de consumo para la gente.
El polvo y gases producidos, el ruido y la vibración que genera la mina no son asuntos menores, porque se traducen en serios problemas de salud a la población de las comunidades aledañas, de tipo respiratorio y nervioso.
Las medidas de control, remediación y restauración ecológica que pueden aplicarse en procesos subterráneos de extracción, no funcionan para el páramo desolado que queda después de un aprovechamiento a cielo abierto.
Si al escenario anterior se agregan el incumplimiento de las normas, la descoordinación de las autoridades, la corrupción, el cinismo y otras pequeñeces, entonces podemos ver con claridad que las minas son verdaderas bombas de destrucción masiva, cuyos efectos padecerán por mucho tiempo quienes habiten cerca de ellas y otros no tan cerca.
Eso es a lo que nos exponemos los habitantes de Veracruz con la posible autorización de la mina Caballo Blanco. La autorización ha sufrido varios contratiempos legales, pero la empresa sigue trabajando y existe la justificada preocupación de que ahora que faltan menos de cien días para entregar la estafeta, el Sr. Calderón pasando por alto a la ley, a la ciencia y a la gente, salga con una autorización al vapor. Así acostumbran los políticos salientes a hacer las cosas, por lo que hay que estar muy alertas con esta amenaza.
Sin embargo y a pesar del desastre que deja tras de sí, el Sr. Calderón anda muy ufano, sonriente y hablando muy bien de sí mismo ─alabanza en boca propia es vituperio, reza el proverbio─. ¡Qué largo y pesado se me ha hecho este sexenio! 







[1] A publicarse en La Jornada Veracruz, el lunes 27 de agosto de 2012.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx.

lunes, 20 de agosto de 2012

Regreso a clases


Regreso a clases[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Hoy lunes 19 de agosto se inicia un ciclo escolar más. Casi 25 millones de estudiantes de preescolar, primaria y secundaria, lo que constituye el nivel de educación básica; de 10 a 11 años de escolaridad según si cursaron uno o dos años de preescolar. El ciclo concluirá el 5 de julio con dos periodos oficiales de vacaciones (Navidad y Semana Santa). Se tienen previstos 13 días de suspensión de actividades también oficiales: 17 de septiembre de 2012 y el 6 de mayo de 2013 (ambos por sucesión de días inhábiles o sea, en lenguaje coloquial, puentes), así como el 16 de septiembre, 2 y 19 de noviembre, 1 y 25 de diciembre de 2012 y los días 1 de enero, 4 de febrero, 18 de marzo, 1, 5 y 15 de mayo de 2013. Se supone que con esto se suman 200 días de clases como calendario formal.

Sin embargo, todos sabemos que esto no es real. A los días de suspensión de labores establecidos se añaden los días de la madre, del cumpleaños del maestro o maestra, los de aplicación de campañas, pruebas estandarizadas, visitas oficiales, aniversarios y demás; eso sin contar los paros por protestas, marchas por los más variopintos motivos y un infinito etcétera. En Veracruz, además, habría que agregar la suspensión con motivo de las fiestas del Carnaval y por las amenazas de huracanes o lluvias torrenciales. Y no hablemos de calidad.

Cada inicio de ciclo escolar es una pesadilla para los padres de familia. En las escuelas particulares destacan el aumento de colegiaturas, una lista excesiva de útiles de marcas determinadas que se incrementan cada año sin regulación alguna y los costos crecientes de las actividades adicionales en deportes, idiomas, computación y artes.

En las escuelas públicas, además de los útiles y uniformes, violando la Constitución se obliga a los padres a aportar cuotas ‘voluntarias’ o donativos que condicionan la inscripción de los niños por los comités y asociaciones de padres que presuntamente los administran. Son cuotas ilegales e ilegítimas que nadie sabe en qué y cómo se aplican porque hay un oscuro manejo de las mismas. La nueva modalidad es además solicitar a los padres materiales de limpieza, papel higiénico y otros enseres de marcas específicas.

La Secretaría de Educación Pública y los gobiernos de los estados se hacen de la vista gorda de esta flagrante violación del artículo 3°, porque de ese modo evaden su responsabilidad de suministrar los apoyos necesarios y hacerse cargo del mantenimiento de los planteles y de la infraestructura y materiales requeridos. Son muchos millones de pesos que desangran aún más el precario presupuesto familiar, pero representa una ínfima parte del presupuesto de otros muchos gastos inútiles del gobierno (campañas electorales, publicidad e imagen institucional, gastos de representación y más etcéteras).

Hábilmente y sabiendo del repudio social que generan, el Partido Verde Ecologista levantó como una de sus propuestas de campaña la eliminación de las cuotas. Una nueva farsa de esta caricatura de organización política.

Y todo para qué. Para que los niños reciban una educación deficiente e insuficiente. La educación pública del país se encuentra postrada a los pies de intereses políticos y sindicales. Mientras tanto observamos en los medios una patética campaña del SNTE deslindándose de la CNTE. Una pelea por intentar dejar claro quién es menos peor.

En medio de esta zona de desastre que es la educación pública del país, lo más lamentable de todo es que las cosas no tienen ningún viso de mejorar.





[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el lunes 20 de agosto de 2012, pág. 4.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

martes, 14 de agosto de 2012

Los juegos olímpicos y la realidad del país[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

En un país tan ávido de buenas noticias, la medalla de oro del seleccionado de futbol fue muy bien recibida. Lo mismo que las otras seis medallas de deportistas de los clavados, el arco y el tae kwon do. Lo que no termina uno de explicarse es cómo un país como el nuestro con el tamaño de la economía y con más de cien millones de habitantes podemos sentir que nuestra participación en estos juegos olímpicos fue exitosa con apenas siete medallas y en el lugar 39. La de oro fue muy significativa por ser un país futbolero. Pero no entiendo por qué no hubo representantes mexicanos destacados en atletismo y en boxeo, donde antaño estábamos en el pódium. Alguien no está haciendo la tarea y ya es hora –desde endenantes- de tomar decisiones radicales.
Vivimos en una depresión nacional en medio de la crisis política de unas elecciones impugnadas, la violencia sin freno, los 14 millones de mexicanos en la economía informal, los 7 millones de ninis entre 15 y 29 años en lo que ganamos, según la OCDE, medalla de bronce en 34 países, etc., etc., por lo cual haber ganado en futbol se siente como una bocanada de aire fresco. Es una gran inspiración.
Sin embargo, hay que reconocer que a pesar de las felicitaciones presidenciales y el júbilo nacional, el deporte, la cultura, el medio ambiente y la ciencia y la tecnología son temas de segundo y hasta de tercer orden en las prioridades  gubernamentales. Qué lejos estamos de España y Corea del Sur que con menos de la mitad de población, otorgan enormes satisfacciones en un montón de deportes en los que hace apenas veinte años no contaban. Eso se llama proyecto de país y planificación de largo plazo. Aquí nos la pasamos en los conflictos y antagonismos mezquinos que deshacen cada tres o seis años lo anterior para inventar nuevos programas. Donde los puestos públicos son trampolines, cotos de poder y arcas abiertas. Al fin que nadie rinde cuentas. Esa es la tragedia mexicana.

¡Ah, pero eso sí! Tenemos medalla de oro en obesidad infantil y de plata en obesidad de adultos en el mundo entero sólo después de los Estados Unidos. 5 millones de adolescentes son obesos. También tenemos medalla de plata en el consumo de refrescos, ya que 60% de las familias del país los incluyen en su dieta de todos los días, aunque ello represente el diez por ciento de lo que gastan en alimentación.
Y no digamos la comida chatarra, la que ni la misma SEP con todo y decreto pudo regular en las escuelas. Según el Instituto Mexicano del Seguro Social, siete de cada 10 mexicanos tienen sobrepeso, debido a un creciente consumo de productos elaborados con harinas refinadas, azúcar y grasas vegetales con gran cantidad de calorías. Y lo que esto implica y va a implicar en el futuro próximo en el sistema nacional de salud con el incremento desmedido de enfermedades como la hipertensión, la diabetes tipo 2, los problemas cardiovasculares,  los derrames cerebrales, las enfermedades de la vejiga, la osteoartritis, la apnea del sueño y los problemas respiratorios, y hasta algunos tipos de cáncer (como endometrio, de seno y colon). Según la Secretaría de Salud, los problemas de obesidad ya le cuestan cada año al país 42 mil millones de pesos y una pérdida de productividad estimada en 25 mil millones. Gordos, sedentarios y deprimidos. Mala combinación.
Ven porqué no ganamos más medallas olímpicas, ni podemos aspirar a ganarlas en el futuro.


[1]Publicado en La Jornada Veracruz el martes 14 de agosto de 2012.

[2]Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

martes, 7 de agosto de 2012

Marx en todo su esplendor, pero Groucho[1]


Edgar J. González Gaudiano[2]

La situación que prevalece en relación con la aclaración de las irregularidades cometidas en la pasada elección me recuerda mucho a Groucho Marx. Una parte de la letra de la memorable canción “Sea lo que sea, estoy en contra” de este extraordinario comediante norteamericano de mediados del siglo pasado, dice

“No matter what it is
or who commenced it,
I’m against it.
Your proposition may be good,
But let’s have one thing understood,
Whatever it is,
I’m against it”.

Puesto en castellano tenemos: “No importa lo que sea o quien lo inició, estoy en contra. Su propuesta puede ser buena, pero dejemos algo claro, sea lo que sea, estoy en contra”.
Frente a un argumento tan poderoso como ese, no hay evidencia que valga, no existe motivo, causa o razón suficientes para siquiera cuestionar delitos electorales que han sido fehacientemente  comprobados; es más, que fueron empleados en forma abierta incluso como propaganda política. El “haiga sido como haiga sido” se ha elevado como epítome de nuestras jornadas electorales. Esta cínica cerrazón no conducirá sino a un incremento de la peligrosa polarización que se está incubando, en tanto las autoridades electorales integran su fallo sobre las impugnaciones recibidas.
Con el efecto hipnótico de la omnímoda trasmisión de los juegos olímpicos y la exaltación mediática de un nacionalismo trasnochado, pareciera que se acude a la solución ecológica acostumbrada por nuestra tradición política: ¡echarle tierra al asunto!
Quien piense que en eso consiste la normalidad democrática comete un error de interpretación, pues la masiva inconformidad no se está pudriendo con el circo deportivo y el tiempo transcurrido.
Y si el Trife vuelve a salir con el que no hay manera de conocer el impacto que las escandalosas violaciones a la ley tuvieron en los resultados, yo también estaré en contra.


[1] Publicado en La Jornada Veracruz el martes 7 de agosto de 2012, pág. 6.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

martes, 10 de julio de 2012

La gestión política del conflicto electoral


La gestión política del conflicto electoral[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Desde la semana pasada he estado insistiendo en la necesidad de iniciar un proceso de gestión del conflicto electoral. Bajo las condiciones actuales es muy fácil que la situación se polarice por no saberla manejar. Durante la última semana no he visto avance alguno. Es obvio que la negación de lo ocurrido no contribuye a este proceso. Frases como “el PRI no ha comprado un solo voto”, frente a las numerosas evidencias en contrario resulta una torpe declaración que cierra toda posibilidad de negociación.

La gestión de conflictos se ha constituido como un campo de acción social cuyo propósito es aminorar los conflictos, contener su escalada y conducirlos hacia escenarios manejables en los que puedan encontrarse vías de solución. Aunque no pretende resolver las causas estructurales que generan las posiciones encontradas, una buena gestión implica transformar el conflicto; es decir, crea una nueva situación en la que el conflicto deja de estar fuera de control para poder ser manejado mediante la intervención institucional (procesos judiciales) o por dispositivos alternativos (negociación, mediación, arbitraje). No es poca cosa.

Es de suponer que ambas partes son conscientes de que no pueden vencer la disputa a costos aceptables; permitir que ocurra lo de hace seis años con su consecuente crisis social e institucional y dejar que el conflicto se radicalice en la actual situación de violencia en la que nos encontramos es no sólo peligroso, sino irresponsable. Es preciso evitar una mayor polarización o el socorrido recurso de dejar que el tema se desgaste, que se pudra, con ayuda de los medios, pues implica serios riesgos para ambos oponentes, el PRI y las fuerzas de izquierda, y finalmente para el país que está anhelando mayor madurez política de todas las partes implicadas.

Toda gestión de conflictos requiere abrir canales de comunicación entre las partes, verificar los hechos reclamados y promover el diálogo. Eso no implica cancelar los procesos de impugnación ante las autoridades correspondientes. Este proceso puede tener su propia trayectoria. Pero si simultáneamente ocurren acercamientos mediante un diálogo político en el que representantes de ambas partes profundicen en sus diferencias, esclarezcan sus puntos de enfrentamiento e identifiquen aspectos comunes, con una negociación que no pretenda subordinar una parte a la otra, puede ser muy positivo sin que de ello necesariamente surjan compromisos más allá de la actual coyuntura. Este diálogo puede implicar la participación no sólo de representantes de los partidos y gubernamentales, sino también de la mediación de ciudadanos aceptables por ambas partes, con voluntad de contribuir a resolver la disputa al menor costo político y social posible.

El problema es que nuestra cultura política no se presta a una gestión de conflictos. Parece que ha resultado más sencillo anular al otro, desacreditarlo, aferrarse a posturas irreductibles o “transar” en lo oscurito para perjudicar a un tercero, que resolver abiertamente las disputas buscando procesos reales de reconciliación. Ello nos ha conducido a tener un crecimiento económico estancado, iniciativas políticas necesarias que se obstruyen para evitar que el otro se lleve el mérito, un incremento de los niveles de pobreza y de violencia, un acelerado proceso de desgarramiento del tejido social y de deterioro de la calidad de vida y un alejamiento de la ciudadanía de la clase política dirigente, entre otros de muchos síntomas de descomposición nacional.  No es posible continuar así. Es muy peligroso y el costo que el país ha estado pagando por la falta de acuerdos fundamentales es demasiado alto.

Un nuevo comienzo puede empezar por dar señales claras de querer gestionar de otra manera los conflictos por los que atravesamos. ¿Será posible que nuestros dirigentes sean capaces de sentarse a hablar con madurez, responsabilidad y pensando más allá de sus agendas personales para avanzar hacia la construcción de una agenda política compartida para el país?

Quien dé el primer paso puede ser visto como el liderazgo que estamos esperando. Veremos si hay la capacidad, el compromiso, la disposición y la altura de miras que tanto se pregonaban durante las campañas.



[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el martes 10 de julio de 2012, pág. 6.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http//:edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx
 

miércoles, 4 de julio de 2012

¿La gestión del conflicto o el borrón y cuenta nueva?


¿La gestión del conflicto o el borrón y cuenta nueva?[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Después del intenso proceso electoral que recién vivimos, quedé vaciado. Me encuentro sin tema, el síndrome de la hoja en blanco. Sólo se me ocurre escribir sobre el resultado de la elección, comentarlo, pero no quiero. No sólo por el resultado, sino porque no sé qué pensar.

Por un lado, veo que la misma prensa escrita y electrónica que promovió la candidatura de Peña Nieto nos dice que ya todo está terminado, que hay que dar vuelta  a la página y unirnos en torno a un nuevo periodo gubernamental por el bien del país. No es tan fácil. Hay muchos agravios a la ciudadanía. Olvidar la grotesca inducción de una preferencia electoral como hicieron los medios es equivalente a dejar de respirar para que no te dé gripa. ¿Cómo soslayar el enorme dispendio durante la campaña en un país con tantas carencias? ¿Cómo hacer a un lado la ostensible compra del voto aprovechándose de las necesidades de la gente? ¿Cómo dejar de ver el autismo de un IFE que ahora nos pide democráticamente comulgar con ruedas de molino?

Por otro lado, vemos a una izquierda desconcertada que sólo quiere esperar al recuento total. Estupefacta ante los hechos. No sé si pecó de exceso de optimismo o de ingenuidad, o de ambas cosas, pero su silencio es una elocuente perplejidad. No sé si hubo fraude o no. Si lo hubo me gustaría mucho que se destapara con pruebas, no con meras sospechas. Ya no estamos para lanzarnos  a una lucha sin sentido apelando sólo a lealtades. No se pudo revertir el fraude que estoy seguro se cometió hace seis años; si esta vez hubo otro estuvo muy bien pensado y será muchísimo más complicado. Entrar en un conflicto poselectoral sin bases suficientemente sólidas tendría un costo muy alto para la izquierda y para el país en su conjunto. Eso lo sabemos y quizá es lo que nos tiene deprimidos.

No obstante, estoy de acuerdo con impugnar la elección. Al menos para no dejarnos avasallar con la impunidad de un proceso que incurrió en numerosas ilegalidades que ni siquiera se ocultaron. Dejar de impugnar es aceptar tácitamente lo ocurrido y significaría extender una patente de corso para repetirnos la dosis. Estoy ofendido. Me siento ofendido por la autoridad electoral. Por la grosera manipulación de los medios de comunicación exhibidos por The Guardian. Por el PRI y su fauna de acompañamiento. Por el PAN y su guerra sucia. Porque se mantiene el registro del Panal y lo que eso implica para la educación del país. Por las casas encuestadoras que vendieron su prestigio al convertir visiblemente su trabajo en propaganda. Ofendido también por la falta de unidad de la izquierda, por sus mezquinas diferencias. No veo entonces cómo puedo simplemente pasar la hoja.

Pero quiero ver hacia adelante, más allá de los próximos días. Habrá problemas si no se intenta hacer un balance honesto de lo ocurrido por parte de todos. Los quince millones y medio de votos que hasta ahora le han sido reconocidos a la izquierda, no pueden querer ser acallados con otro “haiga sido como haiga sido”, porque es un gran contingente de población politizada. Son los estudiantes del “soyel132” y los académicos de las universidades públicas y muchas privadas que se pronunciaron abiertamente por un cambio; son muchos empleados y amas de casa de la sufrida clase media que estaba apostando por una situación distinta. Son millones de campesinos abandonados a su suerte por una política neoliberal que prefiere comprar alimentos caros en el extranjero que ayudarlos a salir adelante. Son muchos como yo que no sabemos qué pensar ahora, pero lo sabremos pronto cuando se empiecen a dar las primeras decisiones.

Hay que hacer una buena gestión del conflicto. No es recomendable para quienes ganaron, pensar que es posible un borrón y cuenta nueva. No es recomendable designar en el gabinete a quienes han sido públicamente exhibidos. Habría peligrosos problemas y no se los merece este país.





[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el miércoles 4 de julio de 2012, pág.7.
[2] Coordinador de la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http//:edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx