miércoles, 5 de noviembre de 2014

Lexicografía de la corrupción

Lexicografía de la corrupción[1]

Edgar J. González Gaudiano[2]

Si entendemos a la lexicografía como una disciplina que sistemáticamente colecciona y explica las palabras  de un lenguaje,  podemos inferir que el mundo de la corrupción en el que vivimos representa todo un objeto de estudio. En ese mundo encontramos unidades léxicas tales como el moche, la transa, la mordida, el chayote, el cochupo, el entre y el chanchullo, entre muchas otras que dan origen a todo un diccionario de la corrupción que constituye el lubricante del sistema político mexicano.
Tal diccionario representa un mundo lleno de sentido que sólo puede entender el mexicano y los mexicanólogos. Pero no porque, como dijera Peña Nieto, la corrupción sea un “problema de orden cultural” de nuestra sociedad, sino porque es un modus vivendi de la clase gobernante del país que hemos tenido que padecer. Está en sus cromosomas. El gobierno y gran parte del sector privado que opera como socio está integrado por delincuentes de cuello no tan blanco, pero con patente de corso para extorsionar, chantajear, atracar, “proteger” y un sinfín de comportamientos que no forman parte de los manuales de puesto de la esfera pública, pero que se aplican como un sistema infalible que tiene como resultado un pacto de impunidad. Tú no investigas a los míos y yo no exhibo a los tuyos.
Siendo el sistema político mexicano tan corrupto (estamos en el lugar 106 de 175 países según Transparency International 2013, entre Gabón y Nigeria) no es difícil pensar lo sencillo que ha sido para la delincuencia organizada hacer alianza con los ínclitos representantes de los tres órdenes de gobierno y de los poderes judicial y legislativo.  Las prácticas de corrupción como el abuso de poder, los acuerdos en lo oscurito, el soborno, el cohecho, la malversación, el fraude y el tráfico de influencias continúan devastando a las sociedades en todo el mundo, señala esta organización internacional.
Ello da como resultado que aquí estemos hechos polvo. Que si la estela de luz, que si la línea del metro, que si los puertos y las aduanas, ya no digamos los reclusorios y los rescates bancario, carretero, azucarero, etc. etc. Todo, absolutamente todo se lubrica para poder medio funcionar. Según el Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, en 2010 en nuestro país se identificaron 200 millones de actos de corrupción en el uso de servicios públicos provistos por autoridades federales, estatales, municipales, así como concesiones y servicios administrados por particulares.
Según ese mismo estudio, en ese año una “mordida” costó a los hogares mexicanos un promedio de $165.00. Para acceder o facilitar los 35 trámites y servicios públicos medidos por Transparencia Mexicana se destinaron más de 32 mil millones de pesos en “mordidas”. En promedio, los hogares mexicanos destinaron 14% de su ingreso a este rubro. Como diría el clásico, “el que no transa no avanza” y “mientras más obras, más sobra”.
La corrupción afecta en forma directa a los derechos fundamentales y libertades públicas de los ciudadanos. En otras palabras, atenta contra los derechos humanos y no sólo contra la Administración Pública. Según Peña Nieto “la corrupción somos todos” porque se trata de un problema de orden cultural del que nadie está exento. Pero ¿somos todos Kemo Sahbe?
Ya veremos si con lo de Ayotzinapa empiezan a caer los verdaderos responsables o se pondrán en operación los usuales procedimientos de encubrimiento generalizado.
Ya sabemos que fue el Estado. Los queremos vivos.





[1] Publicado en La Jornada Veracruz, el miércoles 5 de noviembre de 2014.
[2] Coordinador la Cátedra UNESCO – UV “Ciudadanía, Educación y Sustentabilidad Ambiental del Desarrollo”. http://edgargonzalezgaudiano.blogspot.mx

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